La Orden de Toledo: Los “Findes” de Buñuel, Dalí y Lorca en el Toledo de principios del s. XX


Por Jesús Guío

Luis Buñuel, uno de los mejores directores de cine de la historia, aragonés de nacimiento, que trabajó en Hollywood supervisando las versiones hispanas de las películas que allí se rodaban, que fue “invitado” a abandonar un plató donde actuaba Greta Garbo por llamarle la palabra de cuatro letras, que al finalizar la guerra civil vivió exiliado en Méjico, primero, y posteriormente en Francia… Solo una ciudad fue como el canto de la sirena Homérica a la que siempre que podía, volvía; sino físicamente, con el corazón. Esa ciudad fue Toledo.

Siendo alumno de la Residencia de Estudiantes en Madrid creó y fundó la llamada “Orden de Toledo”, entre cuyos miembros estaban Lorca, Dalí, Pepín Bello o Rafael Alberti. Muchos fines de semana estos “caballeros” cogían el tren desde la capital hasta nuestra ciudad con una cuidadosa hoja de ruta, como se dice ahora, que comenzaba con el alojamiento. La Posada de la Sangre, hoy desaparecida, en la calle Cervantes o la de la Hermandad, en Sixto Ramón Parro, eran sus puntos preferidos de pernocta aunque les comieran las chinches. Después, un recorrido madrugador por conventos, parroquias e incluso la Catedral, donde escuchaban ensimismados los cantos de maitines de las monjas de clausura o los corales de los canónigos. En este punto, el aguardiente y el anís ya habían dado los “buenos días” a las tripas de nuestros amigos. Vencida la mañana, almuerzo en la Venta de Aires. Tortilla a la magra, perdiz escabechada y vino de Yepes, que prestaba cálida compañía a las viandas.

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Lorca era de carácter tímido pero disfrutaba de estas jaranas con tal de estar cerca de Dalí. Un amor no del todo secreto y del que probablemente solo obtendría cientos de promesas y una escurridiza caricia.

Dalí y Buñuel ya eran surrealistas sin saberlo y se deleitaban ante la tumba del cardenal Tavera rindiéndole una pleitesía semiatea. Este episodio sería recreado en la película “Tristana” (rodada íntegramente en Toledo) en la escena en que Catherine Deneuve, arrodillada, besa los pies marmóreos de la estatua yacente del Cardenal.

También les gustaba subir al campanario de la Catedral. Allí, bajo el hierro dulce de la Campana Gorda, “jugaban” a adivinar los nombres de las recoletas plazuelas y callejones de la ciudad. En el claustro catedralicio rememoraban los pasos de San Juan de la Cruz, Garcilaso, Cervantes o Galdós. Seguramente más de un canónigo, levantando la vista del breviario y observándoles, pensaría…”¡Ah, loca juventud, sin oficio ni beneficio que no llegarán a nada en la vida!”

Las brumas etílicas están de fiesta y nuestros chicos más todavía. Ahora toca hacer una gira por tabernas llenas de niebla de tabaco negro. Tajadas de Lucio en vinagre puro y “vinazo” recio y tinto capaz de resucitar a un muerto. Toledo se desdibuja. Cae la noche pero en sus espíritus el amanecer es constante. Como ellos, la noche es joven.

Federico ya se había retirado a descansar. Él es más de estrellas y lunas que de tabernas. A veces odia al bruto de Buñuel que acapara a Salvador, le enturbia con coplas obscenas y falsas risas de alcohol.

Salvador otea a Toledo, se la imagina como un apetitoso foie para devorarlo untado en pan. Algunas de esas migajas impregnarán futuras pinturas.

Toda causa tiene su efecto. La Orden de Toledo sigue las órdenes de la gravedad terrenal y de la gravedad vinícola y anda cuesta abajo “seseando” camino de las riberas del Tajo. Es, en éste punto, las antiguas Carreras de San Sebastián, donde se paran, no en seco, sino confundidos por el siseo líquido que oyen en sus cabezas. El Tajo, patriarca, les llena con su rumor de corriente que no cesa. Digámoslo ya. Están borrachos. De vino y de Toledo. Sólo queda la última mirada…la Ermita, la piedra del Rey Moro. El aliento del río…los va adormeciendo.

Toledo, siempre estuvo en el corazón de estos tres hombres de la cultura española y universal. Uno la inmortalizó en celuloide. Tristana galdosiana que cautivó al mismísimo Alfred Hitchcock. Otro la pintó en remembranzas de lienzos capuchinos. El último, Federico, quedó inmaculado con pólvora y fosa común.

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El Toledo de su juventud. Todos forman ya parte de la Historia. Todos, quisieron desvelar, junto a Bécquer, el misterio de esta ciudad, vieja dama empolvada de la historia.

El exquisito veneno del romanticismo. Buñuel, Lorca, Dalí, Alberti, Marañón, Calderón, Garcilaso, Cervantes, Blasco Ibáñez….todos buscaban a Hércules en su cueva y todos pretendían sentarse en la mesa del Rey Salomón.

Esos “findes” en Toledo nunca más volvieron. El cine, la pintura y la literatura más universal tienen ese rumor de la corriente del Tajo, que impregna nuestra cultura.

Ahora todos se han ido. Toledo permanece. La Gran Señora, ajada pero orgullosa, se deleita en sus conquistas pasadas. Buñuel, el gran maestro del cine. Dalí, el inefable pintor de sueños de tigres y relojes que se desparraman. Y Federico, muerto e inmortal, que no bebe, que casi no come, que sólo sueña, que sólo desea en Toledo… un beso

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