¿Dónde está el Cristo de la Mezquita del Cristo de la Luz en Toledo?


Si has visitado esta antigua mezquita reconvertida en ermita, una duda te habrá asaltado: ¿Dónde está el crucificado que le da nombre?

Pues bien, si un día esta figura lució en el retablo del altar mayor de la ermita, se decidió trasladarlo a la parroquia de San Nicolás que posteriormente la depositó en el toledano Museo de Santa Cruz.

Conscientes de la importancia del arte como medio espiritual, se ha encargado a los talleres “Arteaznarez” de Madrid realizar una copia del famoso Cristo de la Luz que ya ha sido bendecida por el impulsor de esta recuperación histórica, Don José Luis Pérez de la Roza, párroco de San Nicolás, y que podremos contemplar a en la mezquita homónima a finales de esta semana.

Muchos son los milagros que se le atribuyen al Cristo de la Luz, y es protagonista de varias leyendas toledanas.

Leyenda del Cristo de la Luz

Cuenta la leyenda que allá por el siglo VIII, las tropas musulmanas se aproximaban a las murallas toledanas. Los cristianos, por temor a que su venerado Cristo crucificado fuese profanado, deciden esconderla realizando un hueco en un muro de la pequeña iglesia cercana a la puerta de Valmardón, depositando antes de volver a tapiarlo una lamparilla de aceite encendida a los pies de la cruz.

Con el paso del tiempo, y la prolongada ocupación agarena de Tolaitola, este hecho queda olvidado.

Tres siglos más tarde la antigua capital visigoda vuelve a manos cristianas. Así, el 25 de mayo de 1.085 el Rey castellano Alfonso VI, acompañado por Don Rodrigo Díaz de Vivar, “El Cid Campeador” y su séquito cruzan victoriosos la antigua Puerta de Bisagra. Dirigiéndose hacia la Puerta de Valmardón, al pasar frente a la mezquita, el corcel del rey se arrodilla negándose a avanzar.  Esto es considerado como una señal divina por el monarca y los nobles, que deciden indagar en el cercano templo musulmán.

Llevando a cabo el registro, la piqueta de un soldado castellano golpea un muro que suena a hueco. Descubren entonces tras esa tapia el crucifijo, y ante el asombro general, la lamparilla a los pies de Cristo que continuaba luciendo en la oscuridad tras más de 300 años.

Segunda leyenda del Cristo de la Luz

Se dice que en el Toledo del siglo VI había en la ciudad un grupo de fanáticos judíos que sentían un gran odio hacia el venerado Cristo Crucificado que se encontraba en la pequeña iglesia visigoda.

 Tan lejos llegaba esa animadversión que uno de ellos, el judío Abisaín, tramó un plan: untaría los pies del Cristo con un potente veneno, ya que era tradición de los cristianos rezarle, pedirle un favor y besarle los pies. Así conseguiría un doble propósito: acabar con la vida de muchos cristianos y que además llegasen a aborrecer a esta figura.

Aprovechando la soledad de la iglesia, llevaron a cabo el plan. Pero al llegar la primera feligresa a rezar al Cristo, sucedió que al ir a besarle los pies, éste retiró el pie desclavándolo de la cruz impidiendo que los labios de la mujer rozaran el mortal veneno, hecho que se siguió repitiendo a lo largo de ese día.

Entonces se empezaron a preguntar cuál era el motivo de este milagro. El sacerdote, advertido del suceso, descubrió una mancha amarillenta detectando el veneno.

El fanático Abisaín, tras descubrir que su plan había fallado entra en cólera y una tormenta le conduce hasta la iglesia de su odiado Cristo. Al verle, saca un puñal y lo clava en el pecho del crucificado, que se desprende y cae al suelo. Decide cogerlo y llevarlo a su casa, donde lo entierra en un estercolero asegurándose de que nadie lo sigue.

A la mañana siguiente mientras el judío dormía en su casa, una oleada de gente furiosa se dirige allí, acusándole del robo del adorado Cristo toledano, ¿cómo era eso posible? Nadie le había visto ni seguido…

Enseguida comprobó lo que le había delatado: sus ropas estaban cubiertas de sangre, y había un reguero de sangre desde la iglesia que conducía hasta su puerta.

El Cristo fue rescatado y el judío Abisaín fue juzgado y condenado por el sacrilegio cometido.

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